1.- El fin de la frontera.

            La conquista del reino de Granada en 1492 por los Reyes Católicos y el comienzo de la Edad Moderna en España supone para Jaén un cambio en todos los sentidos. Por un lado, desaparece la frontera limítrofe y el consiguiente peligro de guerra latente e incursiones periódicas que traían muerte, perdida de libertad o destrucción de cultivos. Por otro lado, la ciudad de Jaén, que por estas causas en el pasado no alentaba la repoblación demográfica, a partir de entonces experimentó un crecimiento poblacional acelerado, económicamente basado en la ampliación de la tierra cultivada. Eran nuevas parcelas de labranza que ocupaban una tierra de frontera anteriormente dedicada a la ganadería semoviente cuando las treguas lo permitían.

            La agricultura actúa como motor de la economía al traer nuevos pobladores, que a su vez estimulan la artesanía, la construcción y los más diversos oficios. La ciudad empieza a cambiar su imagen tradicional ya desde antes del fin de la frontera, con el crecimiento del fortificado arrabal de San Ildefonso en el siglo XV. En el siglo XVI la muralla es desbordada lentamente, intentando las nuevas construcciones evitar las fértiles huertas del Poyo que extienden a sus pies. Surgen arrabalejos y, algo más distantes, dispersas ermitas y conventos. No obstante los límites del núcleo urbano quedan marcados por la muralla, tapiales de tierra en muchos parajes y casas con sus corrales. Era un perímetro urbano cercado necesario para hacer efectivos los derechos de Puertas, aquellos que por arrendamiento cobraban celosos recaudadores sobre los artículos de consumo que entraban a la población.

            En el siglo XVI Jaén traspasó la muralla por varias puertas, en un principio tímidamente. Entre las puertas de Martos y el portillo de San Agustín, al Noreste, siguiendo la ronda de la muralla habían surgido ya algunas construcciones en época bajo medieval, que a partir del siglo XVI se amplían; el barrio era conocido por El Arrabalejo. Al Este, cerca del portillo de San Jerónimo, se estableció la ermita de santa Quiteria, y en el otro extremo del ejido de la Alameda la ermita de san Cristóbal. Al Noroeste, junto a la puerta de Martos, algunas construcciones se instalaron tras la muralla, en el camino que llevaba a Martos, Córdoba y Alcalá, como el pequeño hospital de San Lázaro, que en 1619 cedió el Ayuntamiento junto al de la Santa Misericordia a los religiosos de San Juan de Dios. Al Norte, limítrofes a la puerta Barrera, algunas construcciones adosadas a la muralla. Al Sur las puerta de Santa Ana abrió paso a la prolongación del barrio de la Merced. Y en el Sureste se pobló el arrabal de las Monjas o ensanche del barrio de Santa María, con calles paralelas, tiradas a cordel, que se ubican en un terreno pendiente hacia el barranco de los Escuderos. No obstante, la imagen de Jaén como ciudad fortificada permanecerá durante bastante tiempo. Así la recoge la vista de Jaén de Anton vanden Wyngaerde en 1567.

            Jaén incrementó su población de forma importante, ya desde la segunda mitad del siglo XV, y en el siglo XVI este crecimiento se hizo más patente:

 

Años

Vecinos

Habitantes

1505

3.817

17.176

1530

4.628

20.826

1588

5.595

25.177

 

 

            Crecimiento que la sitúa entre las siete primeras ciudades de la corona de Castilla. Ello pese a las crisis de subsistencias  y epidemias de estos años. El incremento poblacional y las necesidades hacendísticas de la corona ejercieron una fuerte presión sobre las tierras yermas, dando lugar a un amplio proceso roturador, ayudado por una situación de paz permanente de la que había carecido la ciudad durante siglos. Así, el crecimiento demográfico se vio estimulado por la fundación de las nuevas poblaciones de La Mancha, Valdepeñas, Los Villares y Campillo de Arenas, proceso que llevó a cabo la ciudad de Jaén, pues gran parte de sus tierras se encontraban anteriormente muy cerca de la frontera nazarí y se hallaban despobladas. Este proceso fue lento en su ejecución, tardanza provocada por el desacuerdo en el concejo de la ciudad entre los regidores con intereses ganaderos, encuadrados en la poderosa cofradía de Santo Domingo de los Pastores, y los partidarios de la repoblación.

            El primer lugar perteneciente a la ciudad de Jaén en repoblarse fue Cambil, pero de forma lenta, a partir de 1485. En 1489, los Reyes Católicos dieron licencia al concejo de Jaén para repoblar Otíñar, Los Villares y Heliche, que en principio no tuvo éxito. Nuevas licencias para repoblaciones concedieron los Reyes Católicos en 1494 para los lugares de La Mancha, Letraña, Torre del Moral, Lerix, Cárchel y Arbuniel, que tampoco llegaron a realizarse.

            Fue en 1508 cuando el concejo de Jaén pidió licencia a Dª Juana para repoblar la tierra en la antigua frontera, con la condición de que no se viese alterada la jurisdicción de la ciudad de Jaén y, como concesión a los ganaderos, los términos seguirían siendo comunes. Se pretendían repoblar los lugares de Otíñar, Susana y Ranera, Nava del Can, Hoyo de Rabaneros, cerro del Viento y Hoya Vellida, Letraña‑La Mancha‑ Torre del Moral, y Campillo de Arenas, con un total de 800 vecinos (cerca de 4.000 habitantes). Ambicioso proyecto que no se llevó a cabo inmediatamente. En 1537 —tiempos de Carlos I— desde Valladolid se dictó sentencia contra el Concejo, Justicia, Regidores y cofradía de la Mesta de Jaén, obligándoles al cumplimiento de la Real Cédula, aunque ya sin fijar el número de vecinos y desapareciendo el lugar de Hoya de Rabaneros. Fue entonces cuando se fundó La Mancha (con los cortijos de Letraña, La Mancha y Torre del Moral), Valdepeñas ( Susana y Ranera), Los Villares ( cerro del Viento y Hoya Vellida) y Campillo de Arenas. En 1539, la población de algunos de estos lugares era bastante significativa, como lo demuestra el hecho de que el Obispo Francisco de Mendoza diese licencia a dos presbíteros para que dijeran misa en la villa de La Mancha, antiguo cortijo de Jaén, por haber en él mucha gente que no venía a la ciudad. En el mismo año se despachó otra licencia semejante para el cortijo de Los Villares, lugar también con numerosa vecindad. Este importante crecimiento demográfico se ve frenado en las últimas décadas del siglo XVI, e incluso se produce cierto retroceso en algunos lugares, como en el de Otíñar, dentro del término municipal de Jaén.

            El siglo XVI también supuso para la ciudad la pérdida de gran parte de su término municipal. Un término que había tenido gran extensión desde 1246, cuando tras la conquista de Jaén, Fernando III entregó al concejo las tierras situadas al Norte de la ciudad, el extenso pago de las Fuentes: fuente Mora (La Imora), fuente del Campo ( Torredelcampo), fuente Tétar, fuente del Río ( Fuerte del Rey); también fuente de La Higuera y Villanueva, que volverían a la jurisdicción de Andújar en 1254, ocho años más tarde, por orden de Alfonso X. Además pertenecían a Jaén, Cazalilla, Torrequebradilla, Mengíbar, Pegalajar y otros lugares que en gran parte fueron producto de la nueva repoblación, como Mancha Real, Valdepeñas y Los Villares. Las tierras de Cambil, Cárchel, Carchelejo, Noalejo y Campillo de Arenas pasaron a jurisdicción de la ciudad tras la conquista del reino de Granada y luego repobladas. Sólo la limítrofe población de La Guardia permanecía como tierra de señorío, rodeada por una importante extensión de tierras del concejo jiennense. La emancipación de la tutela de Jaén de gran parte de estas poblaciones fue debido principalmente a las necesidades monetarias de la corona. Mancha Real obtuvo el título de villa en 1557, Cambil con Cárchel y Carchelejo se emancipó en 1558 ‑habían pertenecido a Jaén desde su conquista en 1485‑; también en 1558 obtuvieron  el privilegio de villa Valdepeñas de Jaén y Torrequebradilla; Pegalajar y Campillo de Arenas lo fueron en 1559; Mengíbar en 1574; Noalejo vendido a doña Mencia de Salcedo también en la segunda mitad del XVI; Los Villares en 1600; Cazalilla a principios del siglo XVII; Torredelcampo y Fuerte del Rey en 1804.

            El amplio término municipal de la ciudad de Jaén, que le dio el fin de la frontera entre Castilla y el reino musulmán de Granada, contribuyó a un crecimiento demográfico y económico efímero, pues ya a finales del siglo XVI se observa una recesión, de cuya crisis no empezará a recuperarse la ciudad hasta la segunda mitad del siglo XVIII.

volver