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2. La ciudad sacralizada. La ciudad de Jaén ha tenido tradicionalmente un fuerte componente religioso, que ha sido protagonista en todos los órdenes de la vida de sus habitantes, desde el nacimiento del individuo, con el bautismo, hasta la muerte. Este fenómeno religioso se manifestaba en un control de la vida de los ciudadanos, que hasta bien entrado el siglo XIX tenía en la Inquisición el elemento ejecutor frente a cualquier alteración de la ortodoxia. En la vida de la colectividad, las actividades que se realizaban en la ciudad, incluidas las conmemoraciones de todo tipo, tenían como fundamento la fe, y lo religioso estaba continuamente presente en las celebraciones populares. La religión actuaba además como elemento talismán ante los periódicos males de la época. Como el caso de las pestes del siglo XVII, cuando la religión era la única salida a la angustia de una ciudad azotada por la muerte. No sólo fue la peste lo que supuso en este siglo un duro frenazo al crecimiento demográfico y urbanístico giennense, pues la regresión demográfica que se produjo tuvo también por causa las guerras, la emigración y otras epidemias. Pero sin duda fue la peste la que actuó con más morbosidad y fue vivida con mayor terror entre las catástrofes de la época. Fueron tres las principales epidemias de peste que asolaron la ciudad en el siglo XVII: 1601-1602, 1647-1651 y 1681. La presencia de la peste traía consigo todo un corolario mágico de imágenes de pesadilla, señales, visiones y una serie de suposiciones que le daban un cariz realmente espeluznante. En la ciudad de Jaén se veían supuestas y temerosas señales de pestilencia que impresionaban a la población, tanto al común como a los magistrados. Como las lumbres que aparecían de noche en las más altas torres del Alcázar del Castillo, vistas por los soldados y el alcaide de la fortaleza. Se le atribuían un origen milagroso e incluso hay quien decía ver "algunos Santos cuerpos" en las torres, tal como aconteció en Granada, cuando dichos fuegos fueron identificados como señales de peste. El médico Alonso de Freylas les daba un origen sobrenatural y consideraba estas visiones "como señal cierta de Peste que ha padecido y hoy padece". Para la mayoría de la población giennense, eminentemente rural, que vivía cercada por un entorno hostil en el que en todo momento apuntaba la amenaza de los maleficios, la peste era obra del Diablo, frente al cual la intercesión divina era fundamental. Se sentía la necesidad de imploraciones colectivas y de penitencias públicas con el fin de impresionar a Dios y eliminar así el sentimiento de culpabilidad de la población. El carácter penitente, claramente afirmado en las procesiones, no oculta el aspecto exorcista; pues el hacer pasar la procesión por los distintos lugares de la ciudad, entre ellos los infectados, trataba de beneficiarlos con los efluvios protectores de las imágenes, de expulsar el mal de la totalidad del lugar habitado. Durante las epidemias de peste la ciudad se encerraba a sí misma. Se evitaba la entrada de vecinos de otras poblaciones. La ciudad, comunicada habitualmente sólo por las puertas en donde se encontraban los fielatos de consumos, reforzaba sus defensas cual si estuviese en estado de sitio. Estas defensas ante la peste protegían un perímetro urbano que quedó en su mayor parte definido por las murallas medievales. Se paralizaron los tímidos intentos de extensión, construcciones que con frecuencia se apoyan en la misma muralla, como en las puertas de Martos, Baeza, Noguera, Santa María, Granada, Barrera y postigo de San Sebastián. Este perímetro murado estaba en estado deplorable en el siglo XVII. La muralla se abría por puertas y postigos. Por el Noroeste la puerta de Martos daba entrada al camino que de allí procedía. Hacia El Arrabalejo, pequeño barrio extramuros, se abrían las puertas de Aceituno, del Sol y de Baeza. La puerta de San Agustín estaba situada frente al campillejo de este nombre. La de Santa María quedó dentro de la ciudad como consecuencia del crecimiento del arrabal de San Ildefonso en época bajomedieval. En el Sur estaba la de Noguera. Y en el Suroeste la puerta Barrera. Estas puertas se acompañaban de postigos o portillos que fueron abriéndose una vez perdido el sentido defensivo de la ciudad. Tales eran los de San Sebastián, San Jerónimo o los dos situados cerca de la puerta de San Agustín. Sin embargo, las pestes hicieron que se cerrasen puertas, se anulasen postigos y la ciudad se aislase en sus defensas para evitar el contagio. La Iglesia abanderaba a través de sus abogados, como san Roque, san Sebastián y san Nicasio o, también en la ciudad de Jaén, la Virgen de la Capilla y Nuestro Padre Jesús, la lucha contra la epidemia en una ciudad sacralizada, donde la campana marcaba las horas del día, llamaba a oraciones, a misa, a difuntos,... Era el escape psicológico de una población cercada por un entorno hostil, amenazante, por las epidemias, las plagas, las hambres, las levas, la Inquisición,... Los habitantes se concentraban en torno a las parroquias, que eran los centros de división administrativa local, a los que también se agregaba el caserío disperso. Y a la vez la ciudad estaba salpicada de numerosas iglesias, ermitas y conventos, como las iglesias de La Magdalena, Santo Domingo, San Juan, San Bartolomé, San Ildefonso, San Lorenzo, Santa Iglesia Catedral,...; los conventos de La Coronada, La Merced, San Agustín, Santa Úrsula, Las Bernardas, Jesuitas,...; las ermitas de San Cristóbal, Santa Quiteria, San Roque, San Sebastián,... Cubrían todo el tejido urbano, tanto intramuros, como extramuros y rural. El fervor religioso de los giennenses se manifestaba principalmente en la Virgen de la Capilla, devoción que surgió en el siglo XIV en la ciudad; y en Nuestro Padre Jesús. Ambas disponían de cofradía numerosa, que se encargaba de sus fiestas y procesiones. La Virgen de la Capilla intervenía en todos los actos principales que se celebraban, por acontecimientos felices o desgraciados, bodas, nacimientos de príncipes, curación de enfermedades, muertes,... El culto al Santo Rostro tenía también especial significación, especialmente en las fiestas de Semana Santa y 15 de agosto, fecha de pago de arrendamientos rústicos y cumplimiento de contratos, cuando se bendecían los campos con la presencia del Santo Rostro en el balcón de la Catedral. Se celebraban también otras conmemoraciones religiosas de especial significación, como san Eufrasio, san Blas, san Nicasio, san Sebastián, san Marcos, san Bernabé, santa Catalina y la Virgen del Rosario, con sus pertinentes procesiones que animaban a la ciudad a salir de la rutina. La Edad Moderna supone el apogeo de la influencia de la Iglesia en la ciudad, que aún hoy día se manifiesta en la abundancia de monumentos arquitectónicos de esta época. Esta influencia se plasmaba en una constante instrucción religiosa de los fieles en los principios de la fe, siempre vigilada por el Santo Oficio y sus oficiales, que formaban una tupida red vigilante de los principios de la Iglesia y con frecuencia se desviaba hacia odios personales. La ortodoxia en los cargos jerárquicos se controlaba con la limpieza de sangre, para lo que se abrían expedientes con una profunda investigación genealógica no siempre exenta de falsificaciones. La mayoría de las obras editadas en las imprentas eran de carácter religioso, como el Libro de la doctrina de la cristiana religión, de Gutierre González Doncel, fundador de la Santa Capilla de San Andrés; o Diálogo de la doctrina cristiana, publicado por el obispo Francisco Sarmiento en 1591. La piedad barroca llevó a la ciudad a una fiebre por las imágenes y las reliquias, a la formación de cofradías para su veneración y procesión, y a la proliferación de supuestos milagros. La religiosidad también se manifestaba en las fachadas de las casas (hornacinas), lienzos de murallas, rincones, plazas, calles, arcos y otros lugares por medio de cruces. Era la cruz talismán ante el mal y no sólo abundaba dentro de la ciudad, sino también en los campos, cumbres de las montañas (cruz del Castillo), puertos y cruces de caminos. En estos últimos lugares se levantaban a modo de humilladeros para servir de descanso y rezo al viajero, a la vez que protección psicológica frente ataques de lobos, bandoleros u otras criaturas identificadas con el Diablo. También a las afueras de la ciudad se encontraban numerosas ermitas con su cruz salpicando el paisaje. En el siglo XVII había diez ermitas: Santa María de la Consolación, San Clemente, San Lázaro, San Sebastián, Santa María la Blanca, Santa Isabel, San Nicasio, San Cristóbal, San Roque, y Nuestra Señora de la Peña; más la de Nuestra Señora de la Cabeza, situada en la Alameda, que había sido cedida en 1625 al convento de los Capuchinos. A algunas de ellas, como las de San Nicasio y Nuestra Señora de la Peña, ya se dirigían los fieles por esta época en procesión y romería. A estas ermitas se unían otras creadas por los ermitaños que vivían en soledad en lugares apartados, como la ermita del Zumel, que edificó en el siglo XVII el ermitaño Lázaro de San Juan en el aljibe de la antigua fortaleza. En los siglos de frontera, la población giennense era tendente a formar cofradías. Muchas de ellas eran laicales, en las que se reunían los vecinos bajo una advocación religiosa con el fin de formar una hermandad de protección frente al peligro musulmán y dotarla de bienes que repercutieran en la beneficencia de los cofrades. A principios del siglo XVI comenzaron a surgir las cofradías sacramentales, como la del Sagrario en 1503, San Ildefonso en 1523, San Andrés en 1536,... que con el tiempo gozaron de gran prestigio, con sus cultos propios, procesiones, aniversarios, etc. Cofradías nobiliarias eran las de los Ballesteros de La Coronada, Santiago de los Caballeros, Santa María de los Caballeros y San Luis de los Caballeros; todas ellas fundadas en época medieval. Otras estaban ligadas a las profesiones. Tales eran las de San Marcos (escribanos), Santo Nombre de Jesús (sombrereros), Santo Domingo de los Pastores, San Eloy (plateros),...; las había también en los conventos dedicadas a a actividades benéficas: Santa Úrsula, Santa Catalina, San José, Virgen de la Coronada,... Tanto unas como otras constituían un medio de cohesión de los miembros de una parroquia, no exentas de rivalidad entre ellas. Las cofradías penitenciales se encargaban de los actos de culto y procesión de Semana Santa. Nacieron en el siglo XVI, vinculadas a la Contrarreforma y con el precedente de los disciplinantes de la Baja Edad Media. En Jaén destacaban la Vera Cruz (1541), establecida en el convento de San Francisco, que procesionaba el Jueves Santo por la tarde; la cofradía de las Angustias y Cinco Llagas (1551), también lo hacía el Jueves Santo; la de las Angustias (siglo XVII); la Soledad (1556), en el convento de la Coronada; Santo Sepulcro (siglo XVII);... A la cabeza de cada procesión iban representantes de las autoridades civiles, seguidos de disciplinantes, cofrades, y cerraba el desfile el sacerdote. Algunos cofrades, cubierta la cara, pedían limosna en el recorrido, y a todo ello su unía un importante aparato teatral, que con frecuencia rememoraba simbólicamente momentos de la Pasión. La muerte también tenía sus manifestaciones pomposas, sobre todo los entierros de la nobleza y alto clero, a los que solían asistir el deán y cabildo de la Catedral precedidos de la Cruz de Jaspe, numerosos clérigos y una gran multitud que acompañaba al féretro con cirios encendidos hasta el lugar de enterramiento, una iglesia o convento de la ciudad. La sacralización de la vida de la ciudad tenía un gran componente mágico para una población en casi su totalidad analfabeta y campesina, de antiguas creencias muy arraigadas. La ciudad cambiaba su fisonomía en torno a las estaciones, que se veían con mayor contraste que en la actualidad, así como el día y la noche. Las actividades religiosas acompañaban a la climatología en un ciclo anual que tenía determinadas devociones y producía un cambio en la dieta alimenticia y la actividad humana. El mismo matrimonio se acomodaba en su calendario a los ciclos religiosos y agrarios. En la Edad Moderna, el período otoño-invierno era el de mayor porcentaje de matrimonios, con dos máximos, los meses de febrero y noviembre, que en cierta forma marcan la pauta de una sociedad tradicional en la que el cereal era el cultivo dominante. La sementera se realizaba en noviembre. De ahí que antes de estos trabajos se contabilizara un gran número de matrimonios, para culminar este último mes; disminuir algo en los meses más fríos del año (diciembre y enero); y en febrero, antes de cuaresma, alcanzar el cenit del año. Una vez pasada la cuaresma y la semana santa, en el mes de mayo, se daba otro despunte, algo menor, para volver a decaer en la época de siega y trilla (junio y julio). En agosto comenzaban de nuevo a crecer los matrimonios para alcanzar de nuevo otro punto álgido, el comentado mes de la sementera (noviembre). Este calendario matrimonial cambió algo a partir de la segunda mitad del siglo XIX. El punto más álgido era el mes de noviembre, seguido del mes de mayo. Las causas fueron similares a las anteriores, pero algo había cambiado, y es el importante crecimiento del olivar que se produce en esta época, aunque el cereal constituya también un cultivo con una extensión apreciable. Generalmente, la campaña de la aceituna se realizaba entre los meses de diciembre y marzo, por lo que el mes de febrero perdió número de matrimonios al estar invertida gran parte de la población en estas labores; por lo tanto, los matrimonios se posponían hasta pasada la cuaresma y la semana santa, por lo que el mes de mayo adquirió un importante crecimiento de desposorios, pasando a desplazar al mes de febrero como segundo mes preferido para el matrimonio. La generalidad del matrimonio en la ciudad no puede ser aplicable a los viudos que, aunque disminuía en Cuaresma, Semana Santa y épocas de recolección de cereales, mantenía una distribución más homogénea durante todos los meses del año. A lo que hay que añadir una menor consideración por la cuaresma en estos matrimonios de viudos, que solían realizarse sin celebraciones. Es evidente que en la ciudad la Primavera era la época de vitalidad, del renacer. Atrás quedaba el invierno con su exceso de Carnaval, posterior Cuaresma y cierre de corrales y mancebías que culminaba en la Semana Santa. Con la Pascua de Resurrección todo empezaba a cambiar: “Por Pascua de Resurrección, tres cosas no tienen su sazón: sardinas saladas, castañas asadas y predicación”. Así llegaba el mes de mayo, tiempo de romerías, de bendecir campos, de hacer enramadas, que culminaba en el inicio del verano con la noche de San Juan y sus hogueras, tan cargada de significado mágico relacionado con el amor y la muerte. Era por San Juan cuando los cabildos municipales cambiaban sus representantes, cuando se pagaban las rentas de arrendamientos y censos, se preparaba la siega y se contrataban las cuadrillas. El verano tenía en el quince de agosto su punto central, la feria de Jaén, el día de Nuestra Señora de Agosto, que congregaba multitudes en la ciudad, día de intercambios, fiestas y pagos. Mes de ocio, de conversación a la puerta de las casas en las calurosas noches, de emigración de vecinos a las casas de huerta y viñas para guardar sus frutos de posibles robos, de desiertas calles en las horas de calor de la tarde, cuando la siesta impone su ley. Y también mes de muerte por deshidrataciones, por severas enterocolitis, enfermedad de gran morbilidad, especialmente infantil, principal causa de mortalidad en el verano. La mitad de los nacidos no llegaban a los cinco años de edad. Se temía a las tormentas de final del verano, el desbordamiento de ríos y destrucción de puentes y cultivos. De ahí que ante el primer trueno, saliesen vecinos a la calle armados de bolsas de chinas, que habían recogido durante el tañido de campanas el Sábado de Gloria, para lanzarlas contra los nimbos que cubrían el cielo en un afán de disipar la formación de la tormenta, o bien amenazándola con trébedes al revés. Algo que las constituciones sinodiales del obispado condenaban por ser costumbre pagana y morisca. La llegada del otoño volvía a cambiar la ciudad de fisonomía. El Santoral retomaba el pulso del calendario y San Miguel presagiaba el inicio de los fríos. Por entonces los ganaderos arrendaban los pastos, y sus viñas los agricultores. El mes de noviembre empezaba en los Santos y acababa en San Andrés, mes de amplia actividad, pues por San Lucas se volvía a congregar muchedumbres en la ciudad en torno a la feria de ganado en la que se hacían los agricultores con las bestias para la sementera; mientras que Santa Catalina, a finales del mes, servía también de referencia agrícola: “Por Santa Catalina, del trigo que no sembraste haz harina”. En diciembre, el Sol era más débil. Tenía a Santa Lucía como presagio del invierno y pregonera de la Navidad. Tiempo también de pagos y cobranzas de rentas y aguinaldos. La nieve cubría las cumbres de las montañas y, a veces, se acercaba a la ciudad. En Enero, las lumbres de San Antón buscaban la luz en los días más cortos del año, al igual que en la Candelaria, y se bendecían los animales, cerrándose así el ciclo estacional que unía a lo profano y lo divino en un santoral en el que se mezclaban actividades religiosas, fiestas populares y tareas agrícolas, marcando la vida de los giennenses. Para la gente el tiempo tenía un sentido muy diferente al actual, de ahí que muchos hombres no supieran su edad, y cuando se les requería para reflejarla en algún documento notarial manifestaban una aproximación, como así se hacía constar. |