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4.2. Cerro de Los Lirios Los lirios son muy abundantes en el paisaje de febrero giennense, anunciadores de una próxima primavera. Por esta época, los cerros limítrofes a la ciudad muestran manchas que se extienden por el paisaje, que se cubre de esta planta silvestre, verde y morada, con pétalos de amarillo muy vivo. Esta planta dio su nombre al desnudo cerro próximo a la ciudad, junto al camino que sale de la puerta de Martos. Entre la ciudad y el cerrillo se encontraban amplios ejidos, donde se ubicaban las ermitas de La Coronada y Santa Isabel, y en las estribaciones de la sierra las de Nuestra Señora de Consolación, San Sebastián, San Antón y Nuestra Señora de la Trinidad. Frente al cerrillo se hallaba, al otro lado del camino de Martos, el Peñón de San Lazaro y la ermita y hospital del mismo nombre, dedicado a enfermos incurables. Desde el cerrillo de Los Lirios la visión de la campiña giennese es amplia, pese a la escasa elevación que presenta desde el camino de Martos, porque hacia el Este surge una brusca falla que deja entrever los peñascos entre la vegetación herbácea. Desde allí se pueden ver los cercanos parajes, edificados en las últimas décadas, de las Fuentezuelas, La Imora, Santa Isabel,... y el amplio horizonte de la campiña. La posición estratégica del cerrillo ya fue utilizada durante la Guerra de la Independencia, junto con el Peñón de San Lázaro, posiciones clave para controlar la entrada a la ciudad por la puerta de Martos. Allí se emplazaron cañones y avanzadillas y se batieron en 1808 las tropas españolas y francesas. En los períodos posteriores el cerrillo recuperó la imagen campestre que tenía, correspondida con la limítrofe casería de Escalona, donada en 1933 por Juan Vicente Escalona a la Diputación Provincial. Estaba compuesta por una huerta con casa, alberca y un amplio terreno dedicado a olivar y siembra. A partir de mediados del siglo XX, con el nuevo Plan de Ordenación Urbana de 1952, el cerro de Los Lirios empezó la cuenta atrás para su desaparición como tal. La edificación de los ejidos de Santa Isabel y el trazado del Gran Eje fueron lentamente asfixiando el paraje y el cerro se convirtió en un vertedero, y poco a poco las viviendas se han ido acercando al mismo. Sólo la posibilidad de convertirlo en un espacio de recreo puede salvar los últimos restos de un lugar de tanto valor histórico y paisajístico de la ciudad. Frente al cerro de Los Lirios estaba ubicada la hoy desaparecida ermita de San Antón, también en las proximidades del Peñón de San Lázaro. La cofradía laical de los Ballesteros de San Antón posiblemente sería la encargada de su custodia. Una tradición que continuó en la ciudad y ha perdurado a lo largo de los siglos con las lumbres de San Antón las noches del 17 de enero, fiesta en todos los barrios, cuando las gentes concurren en torno al fuego a calentarse, a cantar melenchones, a compartir la comida y... a darle luz a las noches más largas del año. En sus orígenes, la relación de la enfermedad, origen de la Orden de San Antón, "fuego sacro", con los antiguos fuegos de invierno de origen pagano, conduciría a una cristianización de la fiesta y a su rápida difusión. La tradición llegaría a la provincia de Jaén con los primeros repobladores cristianos en el siglo XIII. De hecho en la antigua catedral hay noticias de que San Antón tuvo una capilla y en los estatutos dispuestos para la Catedral por el obispo don Alonso Pecha, en 1368, se determinaba la realización de su fiesta con solemnidad. Los fuegos de invierno poseen un valor purificador: "ayudan al débil sol invernal facilitando luz y calor, expulsando las tinieblas, el frío y las enfermedades, y con su función lustral ayudan a que vuelva el buen tiempo". Las fogatas en honor de San Antón tienen un claro valor exorcista que le confiere la asociación de protector de los animales domésticos y vencedor de las fuerzas infernales. |