4. La sanidad

             La alta mortalidad existente en la ciudad de Jaén hasta bien entrado el siglo XX demuestra una situación sanitaria deplorable. La regresión demográfica de la ciudad en el siglo XVII, tuvo en las epidemias una de las principales causas, como las pestes recurrentes, fuente de mortalidad catastrófica.

            La medicina no era un arma eficaz contra las enfermedades. Por el contrario, en muchos casos perniciosa. En general, los remedios externos eran muy populares, tales como las aplicaciones de manteca en el abdomen, sinapismos y cataplasmas de mostaza en los pies, fomentos de malva y manzanilla,... e incluso la leche de burra, a la que se le atribuían refuerzos a la sangre y activación de los jugos gástricos.

            La sangría estaba muy generalizada.  Era practicada tanto por barberos como por médicos, bien aplicando ventosas, sanguijuelas o el bisturí.

            El testimonio peyorativo del poeta giennense Juan del Valle Caviedes (Porcuna, 1645 - Lima, 1698) sobre el médico, es continuo en su obra. Así, en referencia a la muerte del Duque de la Palata dice:

 

            “y el médico, ignorándole los males,

            quitándole la vida, lo echó al cielo”.

 

            Más adelante, lo identifica con un cometa, terrible presagio en la época:

 

            “El cometa más infausto

            que peste le anuncia a un reino

            es el médico, que es cierta

            señal que ha de haber entierros”.

 

            En otro lugar, le describe con un carácter sanguinario, que no respeta ni a los niños:

 

            “En las familias matarás al padre,

            llamarante después para la madre,

            al hijo luego, al primo y al criado;

            pues médico conozco que ha birlado

            los linajes enteros, uno a uno,

            sin que escarmiento alguno,”

 

            Son algunos ejemplos de los muchos que contiene su poesía. El médico es blanco de una continua y despiadada crítica, que también es común en otros autores, al que incluso caricaturizan como persona obesa, con anteojos —aunque vea bien— y, sobre todo, locuaz:

 

            “Sé locuaz sin saber lo que dices

            que la locuacidad le da matices

            al mayor disparate de sentencia

            que hay mucho oído y poca inteligencia”.

 

            A pesar de todo, el médico gozaba de prestigio, puesto que la alternativa estaba en curanderos y hechiceros, cuyos remedios consistían en escupir, escribir palabras cabalísticas, emplastos de hierbas machacadas con manteca de vaca, aceite, agua y vino, etc.

            A partir de mediados del siglo XVIII, la población experimenta un paulatino crecimiento en parte debido a la ausencia de las grandes epidemias de peste bubónica. También se logran algunos avances en la Medicina, pues en 1800 se fue introduciendo en España la vacuna de Jenner contra la viruela, epidemia que desde 1720 había sustituido a la peste como el más cruel de los males.

            Las epidemias tienen en el siglo XIX al cólera morbo asiático como el gran mal que afecta a la sanidad de la ciudad. Jaén se vio atacada duramente por el cólera de 1834, 1854-55 y 1885, años en que elevó enormemente la mortalidad.

            En cuanto a las causas de defunción, en general, durante todo el siglo XIX podemos observar un predominio de la mortalidad exógena, resultante de la acción del medio y cuya manifestación aparece a todas las edades. Es el caso de las enfermedades infecciosas y accidentes. A medida que los procesos médicos se imponen, esta mortalidad será sustituida por una de tipo endógeno o biológico. Teniendo en cuenta la precariedad del diagnóstico en esta época, las enfermedades que producen una mayor mortalidad en la población son las pulmonares durante el invierno y las intestinales en el verano. Como es lógico, durante las épocas de escasez de productos alimenticios los organismos de los afectados tendían a disminuir sus defensas y hacer más morbosa cualquier tipo de enfermedad, lo que se traduce en una mayor mortalidad. Entre los adultos las causas de defunción más importantes durante este período son tuberculosis, disentería, hidropesías, tifus, fiebres intermitentes, bronquitis, carbunco, cirrosis, etc.

            De la sanidad en la ciudad se encargaba el Ayuntamiento y las instituciones de Beneficencia, que habían supuesto desde antiguo un intento por atender las necesidades básicas de una colectividad en gran parte sumida en la pobreza, ausente de atención sanitaria, hospicios, asilos, cobijo, etc. Estos establecimientos, que en un principio habían nacido por ideas caritativas, cuyos bienes procedían de donaciones particulares y con mínima ayuda municipal, durante el siglo XIX fueron transformándose en instituciones financiadas por la Diputación Provincial.

            Las Juntas municipales de Beneficencia se establecieron en 1821, y de nuevo restablecidas por R.O. de 8 de Septiembre de 1836. Estas Juntas regían los establecimientos de Beneficencia en los distintos pueblos de la provincia. Por Real Orden de 8 de septiembre de 1846 fueron clasificados en provinciales y municipales, suprimiéndose algunos, cuyas rentas pasaron a otros. Eran establecimientos de Beneficencia la Casa de Maternidad y Hospicio de Mujeres, el Hospicio de Hombres, el Hospital San Juan de Dios, y las Hijuelas de Expósitos.

            También existía una Beneficencia Domiciliaria, como forma de calmar en parte la mendicidad crónica, cuya labor se desarrollaba especialmente durante las periódicas crisis de subsistencias, y consistía generalmente en socorros de “caldos, pan y medicamentos”. La Junta de Beneficencia Domiciliaria de Jaén tenía por objeto la asistencia a los enfermos pobres con médico, cirujano, medicinas y socorro en especie. Se trataba así de aliviar a los establecimientos de caridad del cúmulo de desgraciados que a ellos acudían en busca de un sustento diario. Una de las consecuciones de la Beneficencia Municipal fue la creación de una Casa de Socorro con el fin de prestar los primeros auxilios en casos de urgencias. Lugar que además ofrecía consulta pública y medicamentos gratuitos a los pobres.

            Por otro lado, el siglo XIX supuso una revolución en la Medicina. Los nuevos descubrimientos hicieron posible importantes avances en el diagnóstico y tratamiento de la enfermedad y de los métodos quirúrgicos, que desterraron las reminiscencias que aún persistían de la teoría tradicional de los humores. De importancia fundamental fueron diversos avances científicos, como la teoría celular del desarrollo embrionario, por parte del botánico alemán Matthias Jakob Schleiden, que abrió camino para el estudio microscópico de los tejidos enfermos; los estudios del químico y microbiólogo francés Louis Pasteur que acabaron con el concepto de la generación espontánea y aportaron un resurgimiento del interés en la teoría de que la enfermedad es el resultado de un contagio específico; la aplicación de antisépticos en las heridas; el descubrimiento de los anestésicos y los rayos X; el desarrollo de las vacunas; etc.

            Pese a los avances de Medicina, la difusión de los conocimientos y su aplicación no estaban generalizados, como era el caso de la higiene, de ahí que en este período todavía se desarrollaran manifestaciones de mortalidad catastrófica, características del ciclo demográfico antiguo. En la capital había estercoleros a escasa distancia de la población, en las huertas, e incluso dentro de ella. Y, aunque las autoridades ordenaban algunas medidas sanitarias, como la retirada de los cerdos de la ciudad y la limpieza de las calles, los focos de infección eran difíciles de extirpar.

            Atención importante desde el punto de vista sanitario de la época tenían los Baños de Jabalcuz, dentro del término municipal de Jaén, que desde mediados del siglo XIX recibían notable afluencia de personas al ser lugar de salud y recreo. Estas aguas estaban indicadas para afecciones reumáticas y gotosas, con buenos resultados en diversas enfermedades como “gastritis crónicas, hidropesías, rigidez del sistema muscular, irritabilidad el sistema nervioso”, etc.

            En la década de 1920 se puso en marcha cierta modernización en las infraestructuras locales, intentando mejorar la calidad de vida de la población. Se emprendió la acometida de agua potable en muchos ayuntamientos, así como alcantarillado y pavimentación; se promovió un sanatorio -El Neveral-, etc. La creación del Instituto Provincial de Higiene en 1924 supuso un avance en la lucha contra las enfermedades infecciosas, organizando cursillos, campañas de vacunación, conferencias,..., por lo que el índice de mortalidad descendió a un ritmo considerable, con la práctica desaparición de la viruela, descenso de la difteria, fiebre puerperal, fiebre tifoidea y otras.

            En las décadas siguientes continuó la progresiva disminución de la mortalidad. Los progresos en la Medicina fueron constantes. La utilización extensiva de las sulfamidas de Domagk, los antibióticos de Fleming y, posteriormente, otros procesos de quimioterapia fueron fundamentales para que la ciudad superara el régimen demográfico antiguo.

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