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6. La ciudad se divierte. Al igual que la ciudad medieval, la ciudad moderna de Jaén tenía sus fiestas y sus diversiones, en las que con frecuencia lo profano y lo divino coincidían, como eran las procesiones, romerías o cualquier otro acontecimiento propicio para celebrar corridas de toros, juegos de cañas, máscaras, teatro,... La crónica del Condestable Miguel Lucas de Iranzo, de la segunda mitad del siglo XV, es prolija en recoger todo tipo de actos festivos en la ciudad de Jaén. También las actas municipales recogen muchos de estos actos en las centurias siguientes, cuando cualquier suceso venturoso se celebraba con grandes fiestas, a pesar de que otros muchos acontecimientos traían la tristeza, la angustia y el miedo a la ciudad. El calendario festivo tradicional de Jaén era denso. Se celebraban múltiples fiestas: Navidad, Circuncisión, Reyes Magos, San Antón Purificación, Carnaval, Primer Día de Cuaresma, Jueves de la Cena, Viernes de Pasión, Domingo de Pascua, Día de Pascua del Espíritu Santo, Primero de Mayo, Corpus, San Juan Bautista, Santiago, Santa Ana, Santa María de Agosto, San Miguel, San Lucas, Todos los Santos y Difuntos, Concepción, Santa Lucía,... Las fiestas intentaban cumplir la misión de elevar el ánimo de una población sufriente. Se organizaban también fiestas por nacimientos de príncipes e infantes, bodas reales, canonizaciones, beatificaciones, victorias de los ejércitos, patrono de la ciudad, ferias, fiestas locales, gremiales, final de epidemias, santos de especial devoción, etc. La forma de realizarlas era variada. La luz era uno de los aspectos principales. Se establecían luminarias en el Ayuntamiento, la Catedral y casas de vecinos. El sonido tenía también un papel fundamental, especialmente el repique de campanas, música con chirimías, tambores y atabales. Y el color, que lo daban los fuegos artificiales, que se completaba con bailes y otros espectáculos mayores, como eran corridas de toros, máscaras, juegos de cañas,... Todo ello se recogía con la denominación de "regocijos", que en gran parte eran sufragados por el Ayuntamiento. Las fechas principales de diversión en la ciudad correspondían a los días de feria. La feria principal de Jaén se celebraba del uno al quince de agosto. A mediados de los años cincuenta del siglo XX entró en declive debido a las nuevas costumbres, por lo que se decidió pasar la feria principal a San Lucas, en el mes de octubre, aunque el Ayuntamiento durante algunos años patrocinó modestos festejos a mediados de agosto por no romper tan bruscamente la secular costumbre. Se dejó así languidecer y luego desaparecer la antigua feria en honor a la Asunción de Nuestra Señora, que ya desde principios del siglo XV se celebraba en la ciudad en estas fechas con gran concurso de forasteros. Por privilegio real de Enrique IV, en 1458 la fiesta, que se celebraba la primera quincena de agosto, fue aumentada en cinco días más, convirtiéndose en feria real del uno al veinte de agosto, con gran afluencia humana y tráfico comercial. Fechas principales en las que se mostraba al pueblo la reliquia del Santo Rostro. En 1847, “El Guadalbullón”, periódico local, decía así de la feria principal de Santa María de Agosto:
En otro artículo, este mismo periódico definía la feria de Agosto como: “Comedia trágica de costumbres, político-religiosa, dramática-satírica, jocoso-comercial, burlesco-amorosa, miscelánea y baturrillo de todas las cosas más malas del mundo..., obra maestra de gran aparato escénico, de mucha tramoya, con un diluvio de escotillones y representada en estos días por el pueblo de Jaén (el beneficiado) y sus coadjutores los pueblos del contorno en trajes de macareno..., decálogo facineroso que pasa a cuchillo al otro decálogo..., broma pesada y fecunda de desazones que duran hasta otra función; lance bonito para ver los toros desde un andamio; garito y cloaca para los aficionados, y no caben de pies; excelente laboratorio como manejado por truhanes y gitanos, y todas las gentes que no dice verdad, que es la mayoría redonda...” El tráfico comercial era de quincalla, platería, muñecos de barro, calderería, útiles de hierro y ganado, especialmente caballerías, las que se colocaban en las calles centrales de la ciudad, como las de Barrera, Matadero, plaza del Mercado,... Años después, por motivos sanitarios, el ganado pasó a los ejidos de la puerta de Granada. A la feria se le fueron añadiendo otras atracciones, como corridas de toros, bailes, teatros,... La canícula del verano, que hacía disminuir el caudal de las fuentes y favorecer las enfermedades epidémicas, y la gran afluencia de gentes a la ciudad con el consiguiente aumento de basuras y estiércol del ganado, fueron causa de que en algún que otro año la feria se suspendiese, sobre todo en épocas de peligro de epidemia. Por lo que a partir de 1882 se decidió potenciar la feria de Octubre y dejar la de Agosto especialmente para el negocio de tratantes y chalanes, aunque de hecho continuaron acompañándola todo tipo de atracciones festivas. Las corridas de toros eran imprescindibles en las fiestas importantes. Todos los años se celebraba una corrida durante las fiestas de la Virgen de la Asunción del mes de agosto. También se corrían toros por San Juan y San Miguel, o durante cualquier otra festividad religiosa, como cuando Felipe IV estableció el Patrocinio de la Virgen en 1655, la consagración de la Catedral en 1660, o bodas y partos reales. En la Edad Moderna, la mayoría de las corridas se celebraban en la plaza de Santa María o en la del Mercado, que se cerraban con andamios o gradas, hasta que se construyó la plaza de toros en el siglo XIX. En los actos festivos, la banda de música siempre fue un factor importante. En Jaén tenía una larga tradición, pues de una u otra forma la ciudad siempre dispuso de una banda de música para cubrir los múltiples festejos que se realizaban. Antes del siglo XIX no eran bandas de música municipales como tales, dependientes del Ayuntamiento, sino agrupaciones musicales de diverso origen. Ya en la segunda mitad el siglo XV, en los festejos de la vida cotidiana giennense no faltaba una agrupación musical que tocaba instrumentos de la época renacentista, como dulzainas, tambores, trompetas, chirimías, flautas y añafiles. Esta agrupación tenía como mecenas al Condestable, que se preocupaba de tenerla siempre dispuesta, incluso trayendo músicos de otros lugares, de ahí su interés porque el Duque de Medinaceli le enviase algunos músicos expertos para su agrupación desde Sevilla. Durante la Edad Moderna, hay constancia de que el Ayuntamiento tenía a su servicio dos clarines y dos timbaleros para anunciar los actos públicos. Pero también habría charangas populares particulares que se contrataban para actos festivos, como el Corpus. Es a partir del siglo XIX cuando las bandas de música adquieren mayor protagonismo social. La banda de música y tambores de las milicias contribuía con sus sones para dar mayor vistosidad a cualquier festejo, lo mismo que las de los diversos batallones que periódicamente se acantonaban en la ciudad, por lo que prácticamente siempre había alguna presente. Estas bandas compartían la labor festiva junto con otras de particulares, que cobraban por sus actuaciones. En el siglo XIX se fundó una banda municipal que desapareció, y en 1852 el Ayuntamiento se planteó “lo denigrativo que para una capital de provincia era la carencia de una banda de música marcial para solemnizar ciertas procesiones y actos públicos”. Parece ser que se creó, puesto que en 1855, durante las fiestas que se organizaron en septiembre como celebración del dogma de la Inmaculada Concepción, actuó la banda municipal en la plaza de Santa María. También actuó durante la visita de la reina Isabel II en 1862. Solía estar dirigida por músicos de la Santa Iglesia Catedral. En 1865 se formó una nueva banda con asilados del Hospicio de Hombres e instrumental a cargo de la Diputación Provincial, la cual entró en competencia con la banda municipal. Esta última tuvo años de crisis por dificultades económicas, pues sus componentes eran obreros y artesanos, los cuales tenían que comprarse sus uniformes e instrumentos. Tampoco disponían de un edificio propio para ensayar y debían compartir el edificio del Pósito con las actividades propias del mismo. En realidad la banda municipal era una agrupación de músicos, cuyos servicios el Ayuntamiento contrataba. A partir de 1870 la banda municipal se reforma profundamente, tanto que en 1878, con motivo de la Exposición Provincial de ese año, recibe la medalla de bronce en el certamen. A partir de entonces, con algunos períodos de crisis, la banda mantuvo el protagonismo festivo en la ciudad, junto con la del Hospicio y otras particulares, la mayoría charangas. Fiestas especiales en la ciudad eran las del Corpus, festividad medieval realzada en el siglo XVI con la Contrarreforma, cuyos actos organizaba el Concejo, y a los que acudía para darles más realce. Era una festividad religiosa acompañada de comedias, danzas, arcos triunfales, altares,... El Ayuntamiento obligaba a lo vecinos que vivían en las calles por donde pasaba la procesión a limpiar las mismas, mientras que él las entoldaba. Una procesión en la que intervenían elementos profanos como tarasca, danzas y diablillos, que en el siglo XVI organizaban los gremios de la ciudad. La tarasca era una especie de serpiente, dragón o ser fantástico, propio también de otras ciudades, pero que en Jaén tenía una especial identificación con el lagarto de La Magdalena. Otra fiesta es la de San Antón, 17 de enero, unida a los fuegos de invierno, lumbres que iluminaban las noches más largas del año. San Antón, protector de los animales, y el fuego, protector del mal y la oscuridad, tiene en la ciudad una devoción de origen medieval. Una estrofa de un famoso romance fronterizo dice así: "Día es de San Antón ese santo señalado cuando salen de Jaén cuatrocientos hijosdalgo y de Úbeda y Baeza se salían otros tantos". En torno a las hogueras se cantaban melenchones -canciones con letra satírica y picaresca-, se comía la comida ritual y se danzaba. Los juegos de cañas, propios del ideal caballeresco, fueron desapareciendo a lo largo de la Edad Moderna. Solían celebrarse en la plaza de Santa María y formar parte de una corrida de toros. En cambio, cada vez más éxito tenían las fiestas de máscara del Carnaval, momento de desenfado en que la licencia para la crítica y la mofa estaba permitida. En el siglo XV, durante los días de Carnestolendas se organizaban momos y mascaradas. Pero las máscaras eran frecuentes en solemnidades religiosas, frutos de iniciativas gremiales, piadosas y profanas, sin que las prohibiciones en determinadas épocas surtieran efecto. También las comedias tenían gran aceptación, que en el siglo XVI se realizaban en la plaza pública, en otras ocasiones en iglesias. A partir de finales del XVI existe ya un corral de comedias en la ciudad, situado en la colación de Santiago, que en el siglo XVII se ubicó entre la Carrera y la plaza del Mercado en un local municipal. Sobre este tipo de actividades siempre pesaban las periódicas prohibiciones eclesiásticas y lutos oficiales. Existía otra diversión cotidiana, distinta de las diversiones festivas realizadas en días señalados, como era el juego, una necesidad que el hombre ha sentido desde siempre, que se manifiesta en la actualidad así como lo ha hecho a través de los siglos. Las motivaciones son diversas, lo mismo que los tipos de juegos. Nos encontramos que algunos juegos favorecen el ejercicio físico, como la fuerza, precisión, agilidad; otros, desarrollan facultades intelectuales (adivinanzas, rompecabezas); muchos dependen del azar (dados, naipes); etc. Pero sobre todo el juego era un acontecimiento social y un divertimento. En el siglo XV, el juego por excelencia era los dados, al que tenían gran afición los caballeros, mercaderes, y población en general. Las poblaciones más importantes poseían tahurerías en las que se practicaba este juego, casas conocidas también como Tablero Público. Éstas eran generalmente mal vistas por los eclesiásticos celosos de la pureza religiosa, que veían en el juego el mal por excelencia. En España, ya desde un primer momento, la monarquía se opuso al fomento del juego. Las Cortes de Valladolid, en 1555, insistieron en que se procediera contra los que se entregaban al mismo y en diversas épocas históricas se persiguió. Pero nada podía contenerlo, como lo demuestra el creciente comercio que adquirió la fabricación y venta de naipes. Más adelante, la monarquía acabó contribuyendo a la pasión del juego, promoviéndolo y fomentándolo, descubriendo en él una importante fuente de ingresos para sus arcas, transformándose así los naipes en un estanco. En pleno siglo XIX, fueron también bastante frecuentes las referencias gubernativas a los males que el juego acarreaba a la población giennense, origen de frecuentes contiendas. Hubo épocas en que el juego alcanzó una proliferación enorme entre la población, como en 1868, en que el Gobernador Civil, Gregorio Giménez, tuvo que dirigirse a los ciudadanos calificándolo el juego como mal que se cierne sobre Jaén. Juegos deportivos, entendidos como aquellos en los que se realiza algún tipo de ejercicio físico, se realizaban en todos los lugares, muy vinculados también al azar, como cualquier juego, pero también a la vida diurna y a la relación humana. Ningún juego estaba exento de violencia. Carreras de caballos, pedestres, saltos,... formaban parte del mundo de ocio y festivo de la población. Entre los juegos deportivos, uno de los más característicos del Jaén tradicional era el juego de la pelota. En sus distintas variantes, siempre ha estado muy unido al hombre en diferentes civilizaciones. A partir del siglo XVI, como en Francia y otros países, fue de los más practicados en España. En Jaén y otras poblaciones, la denominación de calle Juego de la Pelota indicaba la ubicación de este juego tradicional jugado a mano. Los juegos de azar solían realizarse en las casas y huertas particulares, lugares donde se reunían los jugadores para jugar en privado. En las huertas, que normalmente disponían de casa o albergue situadas a las afueras de la ciudad, los juegos se realizaban durante el verano, cuando los numerosos hortelanos de la ciudad se desplazaban con sus familias en este período para cuidarlas. Otros lugares de juego eran las plazas públicas. En Jaén, especial concurrencia para los juegos tenía la plaza Santa María, donde estaba la Catedral, donde concurrían muchos jóvenes a jugar a la pelota, trompo, pita,... dando lugar a un ruido estrepitoso, a riñas y palabras consideradas como indecentes para realizarlas en un lugar sagrado, como era la lonja de la Catedral, lo que provocaba las continuas quejas del Cabildo Eclesiástico al Municipal, que a mediados del siglo XIX tuvo que prohibir los juegos en las lonjas de las iglesias de la ciudad, calles, plazas y atrios. Las tabernas, lugares donde se vendía vino, tenían una especial aceptación como lugares de ocio, y también de juego, en la ciudad. Acogían a los clientes tanto en el interior como en la puerta durante el buen tiempo. Las ordenanzas municipales intentaban regular su número, pero con frecuencia lo sobrepasaban, por lo que se quejaba el Ayuntamiento del gran número de ociosos que se daban al "trato de taberneros" y causaban pendencias y alborotos, propios de los excesos de consumición. Especial predilección existía en las tabernas por el juego llamado "truco", juego de cartas considerado por las autoridades como origen de frecuentes contiendas. Otra forma de diversión era las casas de mancebía y casas particulares de lenocinio, pues esta "profesión" estaba muy extendida en la ciudad y regulada en las ordenanzas municipales. Las mujeres de la mancebía disponían de asistencia sanitaria municipal con un médico y una sala en el hospital, pues eran muy frecuentes las enfermedades venéreas. Las prostitutas buscaban clientes en mesones, posadas y tabernas, por lo que periódicamente las autoridades municipales les prohibían actuar en estos establecimientos. Finalmente, podemos citar las romerías como festejos de gran aceptación por la población. Suponían salir del entorno urbano y dirigirse a alguna ermita donde festejar a determinado santo o virgen. Tal era la romería de la Virgen de la Cabeza en la Alameda y en el camino hacia Andújar, famosa por las licencias que se tomaban los participantes. Otras romerías en las afueras de la ciudad, pero que gozaban de mejor reputación, eran las de la Virgen Blanca y la Virgen de la Peña, en sus respectivas ermitas. |