7.- La red urbana.

             Jaén, como capital de reino y luego provincia a partir de 1833, fue centro administrativo, pero también ciudad agrícola, a cuya actividad se dedicaba la mayor parte de la población hasta la segunda mitad del siglo XX. La imagen tradicional es la de una ciudad compacta, rodeada de murallas. Torres de iglesias y conventos rompían la uniformidad del paisaje urbano en pendiente, trenzado por calles estrechas y pequeñas plazuelas, a veces llamados campillos y campillejos. Tales son las plazas de San Juan, de La Magdalena, de La Merced, de San Bartolomé, de La Audiencia, del Conde, de los Caños,... La ciudad extramuros, aunque con un carácter menos público, también disponía de estos espacios, como el campillejo de San Agustín, hoy plaza de los Jardinillos, o la plazuela de Belén.

            La plaza principal era la de Santa María, junto a la del Mercado, ambas situadas intramuros, eran el centro de los actos festivos de la ciudad, tanto religiosos como profanos. Sobre todo la del Mercado, que podía acoger multitudes. Extramuros, los ejidos constituían el centro de las ferias de ganado, de los alardes militares y de las fiestas del terror del patíbulo y la picota, especialmente el ejido de Belén por su posición estratégica junto a la puerta Barrera y los caminos de Granada y Madrid.

            Un nuevo tipo de espacio público surgió en el siglo XVI, en relación con la nueva filosofía renacentista y valoración de la naturaleza: el paseo. El ejido de la Alameda, conocido posteriormente como Alameda de los Capuchinos es la gran aportación urbanística que ofrecen los siglos XVI y XVII a la ciudad de Jaén. Se buscaba la dignidad y la belleza en la ciudad tras la muralla, que va unida a la frecuencia con que la palabra "ornato" surge en las actas municipales de la época. La Alameda fue el resultado de la búsqueda por el municipio de un escenario público y festivo de recreo distinto al tradicional, actividad que siempre encontró las críticas de ciertos sectores eclesiásticos por la relación existente entre fiesta popular y pecado.

            Las calles de la ciudad, desde un principio, se adaptaron a la orografía del terreno, buscando las curvas de nivel y dejando como calles los cauces de las aguas pluviales. De ahí las pendientes que atraviesan las calles principales. Al intrincado trazado del casco antiguo intramuros de la ciudad medieval se contrapone el trazado más armónico de la ciudad extramuros moderna. Hubo períodos históricos, como el siglo XVII, cuando la crisis demográfica produjo un abandono de antiguas callejuelas y calles sin salida de las zonas periféricas; muchas de las viviendas se convirtieron en solares, muladares y lugares de encuentro de personas de mal vivir, por lo que el Ayuntamiento autorizaba el cierre de calles y la venta a censo de algunas a algún vecino para ampliar su vivienda. En otras ocasiones, aprovechando la ruina de algunos edificios, se buscó el alineamiento de calles, como el del Peso de la Harina, junto a la puerta Barrera, para alinear la calle Tosquilla; o la cesión de terreno del convento de la Coronada para el ensanche de la calle Maestra en cinco varas de ancho. Muchas de las calles no eran accesibles a coches de caballos, de los que tampoco había demasiados en la ciudad. Los desplazamientos de mercancías solían hacerse a lomos de bestias, en carros o en la espalda de las personas.

            Las calles de tierra se convertían en lodazales en épocas de lluvia y sólo existía de parte municipal interés por adecentar las zonas céntricas. Los arreglos en el pavimento de las calles empedradas solían realizarse con motivo de fiestas señaladas, como la Semana Santa o el Corpus, por el paso de las procesiones. A veces se recurría para su empiedro a cuerdas de presos, pero lo normal era que lo realizaran los jornaleros en paro. Muchas de las obras públicas se hacían con el fin de invertir a estos últimos y evitar posibles conflictos cuando las crisis agrarias ponían en peligro su subsistencia.

             La limpieza en estas calles también dejaba qué desear; por ellas, además de las bestias de carga, pasaba todo tipo de ganado. Los cerdos con frecuencia andaban sueltos por la ciudad, pese a las ordenanzas municipales en contra argumentadas en la salud de los ciudadanos, que sólo solía tenerse en cuenta durante los períodos de epidemia. Las zonas para arrojar basuras se fijaron en los ejidos de San Nicasio y de la Coronada, además de algunas zonas de la Alameda con el fin de allanar el terreno. Esta reglamentación se ignoraba con frecuencia y las vías públicas aparecían con toda clase de inmundicias. Se tiraba basura junto a la muralla y las puertas de la ciudad, pese al interés municipal de velar por el "ornato" de la misma, que llegó a prohibir tender ropa en los terrados y ventanas que diesen a la calle.

            Las fuentes constituían un elemento esencial en la red urbana. Ubicadas en las plazas, eran el punto principal de abastecimiento de agua de los vecinos, lo cual las hacían todavía más importantes como foros ineludibles de la vida urbana y le daban una especial impronta al núcleo urbano, además de la función de relación que ejercían en la vida cotidiana de los vecinos. Existían en Jaén en el siglo XVII veintiuna fuentes, más algunas otras que se encontraban en el interior de edificaciones eclesiásticas, como las del convento de San Francisco o convento de Santa Clara, la mayoría de las cuales tenían un origen medieval.

            Las fuentes estaban abastecidas por varios raudales de agua, siendo los más permanentes los de Santa María y La Magdalena.  El raudal de La Magdalena nacía junto a la salida de la puerta de Santa Ana. A través de una mina se recogía el agua que era llevada a varias fuentes públicas y particulares, como las del Cañuelo de Jesús, Pilar de la Imprenta, Pilar del Borrego, plaza de San Francisco, plaza de Santa María, plaza de San Ildefonso y otras. El raudal de La Magdalena nacía al pie de una roca de donde salía a una gran balsa de piedra rodeada de una verja. Abastecía diversas fuentes públicas como la de su nombre, la de El Arrabalejo, Caños de San Pedro, San Bartolomé y la del Mercado, además de más de 130 fuentes particulares y el estanque del patio de la Iglesia de La Magdalena.

            Además existían en la ciudad el raudal que suministraba el pilar del Arco Noguera, que tomaba el agua de un haza elevada, llamada el Acho, a la salida de la puerta de Santa Ana, surtiendo además algunas fuentes particulares; el del convento de San Francisco, que nacía en la plazuela de la Audiencia, proveyendo también a varias casas particulares; el de la fuente de Don Diego, situado en la calle de los Adarves, al lado de la ermita de San Félix; el del Mercado, que surtía la fuente del Matadero y casas particulares; y el del Alamillo, que nacía al pie del cerro de El Neveral, y entraba en la población por la Cuesta, abasteciendo las fuentes de Santiago y La Merced y fuentes particulares.

            Otros raudales, fuera de la muralla, que recoge el Diccionario Geográfico Estadístico de Pascual Madoz en el siglo XIX, eran: el de Calatrava, nacimiento situado en la calle de El Arrabalejo; otro en los callejones del mismo Arrabalejo; la fuente de Peñamefécit, que nacía en una huerta; el del Pilar Nuevo, al lado derecho del camino de Torredelcampo; la fuente de la Peña, en el camino de Jabalcuz; y la Pileta del Jardín del Obispo.

            Las fuentes públicas eran tanto de uso para las personas como los animales, por lo que muchas de ellas tenían un abrevadero, construcción adosada que se extiende desde el siglo XVI por razones higiénicas. Así en esta época se acondicionan las fuentes de San Bartolomé, de El Arrabalejo, del Alamillo, Los Caños, La Alameda, puerta Noguera, Pilarejo del Borrego,...

            En cuanto a las obras particulares que se hacían en la población, corrientemente no respetaban las disposiciones municipales, principalmente en alineaciones y rasantes. Existían también muchas casas que carecían de cloacas o pozos excrementicios. La limpieza municipal, cuando la había, solían realizarla dos carros del Ayuntamiento, cuya principal misión era la recogida del estiércol existente en las calles más céntricas y plazas. En las demás, la limpieza corría a cargo de los vecinos, que según las normas municipales debían limpiar su parte correspondiente de acera y calle.

            Las casas de la mayoría de la población eran pequeñas, de dos pisos y fachada estrecha con pequeñas ventanas al exterior, propias de la clase trabajadora. Había otras casas con portadas dinteladas, con jambas labradas en sillares y, a veces, con escudo heráldico que recordaba la hidalguía; éstas solían tener un tercer piso o cámara con huecos de arcadas de medio punto, en las que tampoco faltaba el corral en la parte trasera, y eran propias de labradores o clases acomodadas. Las viviendas estaban ocupadas generalmente por una sola familia, aunque con frecuencia lo era por dos o más.

            Había casas con su huerto, en las afueras de la población, lindando con el campo, aunque también existían en el interior del casco urbano. Tenían adosadas una parcela corta de extensión con árboles frutales y hortalizas, formada por varias terrazas, y disponían de agua de los raudales de la ciudad. Destacaban los huertos de los conventos, como el de la Merced o de la Trinidad. También aquellos otros que lindaban al barranco de los Escuderos y dieron origen a la Senda de los Huertos.

            Gran parte de la vida se hacía fuera de la casa, en las calles y plazas. Una vida de relación que no se limitaba a la conversación o el recreo, sino también al trabajo cotidiano. En la calle se jugaba a los bolos o a la pelota, se colocaban las casetas de fiesta, pasaban los aguaderos y recoveros con sus gritos de atención, actuaba el pregonero con su poderosa y grave voz, desfollaban el maíz las familias campesinas, trenzaban esparto los jornaleros, cursaban las procesiones en lento caminar, se formaban los mentideros en las horas frescas del día,...; sin olvidar los frecuentes entierros en una ciudad con altísima mortalidad, cuya variedad y vistosidad dependía del dinero, desde los simples y sencillos entierros de limosna hasta los más suntuosos que conllevaban todo un amplio ceremonial con múltiples paradas por las calles, un amplio recorrido en la rica caja de nogal llevada en parihuelas; sin olvidar aquellos frecuentes entierros de niños que en cajitas blancas pequeñas llevaban de acompañantes en el cortejo al cementerio a mayores y pequeños en continuo y casi diario deambular,...

            Y por la noche, las vergüenzas se tapaban y la delincuencia actuaba aprovechando la oscuridad, cruzaban sombras de amantes, jugadores, rateros o prostitutas. Era Jaén una ciudad con poca luz, existían escasos faroles y sólo en los puntos céntricos, preferidos por su riqueza para la delincuencia, en determinados períodos se formaban patrullas nocturnas de vecinos dirigidos por el alcalde de barrio como protección.

            A mediados del siglo XVIII la población giennense comienza a levantar la recesión demográfica que desde finales del siglo XVI afectó a la ciudad.  En el censo de Floridablanca de 1787 Jaén tiene 15.834 habitantes; y en 1792, según el censo de Godoy, son ya 17.349 habitantes, todavía por debajo del número de habitantes de finales del siglo XVI, en una ciudad que se extiende por unas 75 hectáreas. Aunque continúan las altas tasas de mortalidad, la ausencia de las grandes epidemias de peste del siglo XVII, la introducción de nuevos cultivos como el maíz y la patata, la ampliación de las tierras cultivadas y otros factores diversos permiten este renacer demográfico que, en principio, no supone urbanísticamente una ampliación destacable de la red urbana sobre la que ya tuvo lugar en el siglo XVI.

            La influencia religiosa en la ciudad entra en la segunda mitad del siglo XVIII un lento declive, consecuencia del nuevo espíritu de la Ilustración y el regalismo de la Corona. Entre la misma jerarquía eclesiástica surgen miembros que apoyan estas ideas, que en ningún momento cuestionan la ortodoxia espiritual de la Iglesia, pero impulsan nuevos métodos que buscan educar a los ciudadanos y cambiar la precaria vida social económica de la ciudad. Así, el obispo Fray Benito Marín en su labor pastoral se identificó con la política religiosa de los Borbones e introdujo las directrices reformistas de la Corona. En Jaén trató de reformar las costumbres por medio de amplias cartas pastorales y edictos de pecados públicos frecuentes, condenaba las supercherías y otras costumbres paganas como desviaciones de la fe. Estos documentos son interesantes para conocer la vida de la ciudad a mediados del siglo XVIII.

            El racionalismo ilustrado pone en crisis la ciudad sacralizada y el sistema barroco de piedad. Se intentó encauzar las manifestaciones de religiosidad popular dentro de los límites de la razón, lo que tuvo su máxima expresión durante los años que el deán José Martínez de Mazas fue gobernador eclesiástico. Se buscaba corregir toda exaltación sentimental y fervorosa, lo que costaba bastante esfuerzo por la raigambre que había tomado en la ciudad.

            A mediados del siglo XIX, la red urbana, que hasta entonces había experimentado muy pocas variaciones respecto al siglo XVI, empezó a cambiar, no sólo en extensión, sino también en puntuales modificaciones de la ciudad intramuros para mejora del tráfico. Se manifestaba en las construcciones que se realizaban fuera de las puertas, concediéndose terrenos municipales para la edificación de casas entre la salida del portillo de San Jerónimo y la puerta Barrera. Es algo que reflejan las actas municipales de la capital sobre la base de "su aumento de vecindario y la escasez de casas para personas y familias de ciertas clases". Previendo este uso, estos terrenos fueron enajenándose a partir de 1848, y para ello fue eliminado el basurero situado a la salida de la ciudad; mientras que por la puerta de Santa Ana también se extendía la población.

A comienzos del siglo XIX, Jaén presenta una imagen que no dista mucho de aquella otra del siglo XVI, cuando su red urbana sólo saltó la muralla tímidamente. Decía el aristócrata y militar inglés Lord Andrews Thomas Blayney, que visitó la ciudad en 1810:

 

 "...Jaén es una ciudad de regulares dimensiones, en donde residen unos diez y ocho mil habitantes y situada sobre un terreno muy desigual. Hállase rodeada de murallas construidas por los moros y dominada por un castillo".

 

            Es la descripción de una imagen parecida a la esquemática e idealizada Vista oriental de la ciudad de Jaén, probable obra de Juan Fernando Palomino Oropesa, que Bernardo Espinalt recoge en su obra Atlante Español, editada en 1787.

            A mediados del siglo XIX, Jaén estaba habitada ya por 18.837 habitantes, en una ciudad de muchas calles en pendiente, sobre todo en el casco antiguo, que componían los barrios obreros y artesanos. Por lo general, las calles continuaban siendo estrechas y tortuosas, formadas por edificios irregulares. Muchas de ellas no estaban empedradas, eran húmedas y sucias, de tal forma que las enfermedades invadían con mayor intensidad a sus habitantes.

            El alcantarillado estaba situado en las grandes calles, siendo las periféricas las más abandonadas. Como pueblo predominantemente agrícola, Jaén contaba con un número considerable de casas de labradores, que por lo general buscaban el contacto con el campo, como eran los situados desde el ejido de la Alcantarilla hasta el barrio de San Ildefonso. La puerta de la Alcantarilla se había convertido en la única puerta de entrada de artículos del Sur de la ciudad, que junto a la puerta de Aceituno, al Norte, constituían los únicos sitios permitidos por Hacienda. El resto eran portillos: el de Martos al Norte, el de Granada o Santa Ana al Suroeste, el del Ángel al Este y el del Sol al Noreste.

            Por lo que respecta a los edificios, las casas se construían con gruesas paredes de piedra o tapial, debido a la necesidad de hacerse fuertes contra los vientos del Oeste y Suroeste, famosos por su intensidad en Jaén. Las casas de las gentes acomodadas de la ciudad tenían un portal con segunda puerta, un patio enclaustrado con habitaciones en bajo para el verano, un claustro alto con ventanas o balcones acristalados para el invierno, y sobre él una cámara con ventanas a la calle. Existían en la ciudad a mediados del siglo XIX unas 2.954 casas, sin contar los edificios públicos, iglesias, conventos, etc.; algunas de ellas con pozos de agua potable.

            A finales del siglo XIX, ya no distinguía a la ciudad en la distancia su muralla, que había sido en gran parte envuelta por las nuevas construcciones que a lo largo del siglo se adosaron a ella. Francisco Pi y Margall (1824-1901) dice en su obra Recuerdos y bellezas de España:

 

"...Está asentada Jaén en la falda de un cerro cuya cumbre ocupan las imponentes ruinas de un castillo. Báñanla al oriente las claras aguas del Guadalbullón y está casi en derredor cercada de huertas y jardines entre cuyos árboles y flores descuella la oriental palmera. Montes elevados le prestan abrigo y sombra al mediodía y de ellos, como de un fondo dispuesto por el arte, se destacan bellamente las torres de sus templos y las agujas de su catedral suspendida al parecer sobre los techos del contorno...".

 

            Esta imagen la confirman algunos grabados que existen de la segunda mitad del siglo XIX, como la plumilla de Pascó en 1885 y, sobre todo, las fotografías realizadas en 1862 por el fotógrafo real Charles Clifford, junto con las del giennense Genaro Ximénez de la Linde (1827-1885).

            Por la noche era una ciudad lúgubre y tenebrosa, con escaso alumbrado, del que no siempre el Ayuntamiento disponía de fondos para mantenerlo en su totalidad, lo que invitaba a los más diversos delitos. El alumbrado de calles y plazas era de aceite, en teoría con 243 faroles comunes y 10 reverberos, que consumían en un año 280 arrobas. El mantenimiento de este servicio y la vigilancia nocturna estaba a cargo de ocho serenos bajo las órdenes del celador de policía urbana y serenos, cuyas obligaciones eran permanecer hasta el amanecer en el cuartel que le estaba asignado; anunciar en voz alta la hora y estado de la atmósfera; impedir ruidos, sorpresas atropellos por las calles, ataques a las personas y casas; recorrer toda su demarcación, parándose en las esquinas o en medio de las calles, según su extensión, y dando la voz de cinco en cinco minutos al menos; limpiar los faroles y tenerlos encendidos;... Los serenos vestían de uniforme y llevaban un chuzo, un pito y un farol encendido.

            A pesar de las múltiples deficiencias del urbanismo, generales a toda la provincia, la ciudad de Jaén podía considerarse como privilegiada, comparada con el resto de las poblaciones de su órbita. En este sentido, es bastante significativo el siguiente párrafo de la comunicación que la Diputación Provincial progresista de 1854 dirige a los ayuntamientos:

 

"... Las escuelas de enseñanza primaria sin locales espaciosos, saludables y decentes; las calles desempedradas y sucias (...); las fuentes empobrecidas, y sus aguas viciadas engendran desaseo, habitúan al desaliño y producen epidemias; la falta de alumbrado y de serenos encubren las raterías, los asaltos de casas, los garitos, los lupanares, los amancebamientos y los asesinatos; esos cementerios... ni aún merecen servir para pudrideros de brutos..."

 

            Poco a poco, en el siglo XIX, la ciudad de Jaén fue transformando su imagen. Hay hechos que ya lo apuntan: el incremento demográfico empuja a la ciudad más allá de las puertas, el ensanche de calles, la destrucción de históricas puertas para facilitar la entrada de los grandes carruajes, el embellecimiento de los paseos, la preocupación por erradicar los basureros de dentro de la ciudad... Pero también queda en evidencia una falta de sensibilidad hacia el patrimonio histórico-cultural en aras de un malentendido pragmatismo, que no es exclusiva de la época, sino que ha venido formando parte de la condición humana hasta nuestros días.

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