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II. EL PROGRESO ARROLLADOR. Pese a las transformaciones urbanísticas, en el siglo XIX la ciudad mantiene a grandes rasgos su imagen tradicional, que no escapaba a la visión de los viajeros románticos extranjeros de esta época. Alejandro Dumas, en su itinerario por tierras de España, llegó a Jaén procedente de Granada y la describe así: “Jaén es una inmensa montaña anteada como la piel de un león. El sol, al devorarla, le ha dado ese tono tan moreno sobre el que destacan las antiguas murallas árabes con sus caprichos y zigzags. La ciudad africana, construida en lo alto, fue bajando poco a poco hasta la llanura. Las calles arrancan del primer contrafuerte y van subiendo desde que se cruza la puerta de Bailén”. Alejandro Dumas denomina como puerta de Bailén a la puerta Barrera por llegar allí el camino procedente de aquella ciudad. Se contagia de la visión romántica de un Jaén que estaba cambiando poco a poco, que mantenía como referencia a “la gigantesca catedral, que parece querer rivalizar en masa y altura con la montaña a la que está adosada, iluminada por antorchas”. Parecida visión de la ciudad tenía Charles Davillier, cuando relata: “Jaén está situado en un lugar precioso, al pie de alturas coronadas por viejas murallas moras, tan bermejas y agrietadas como las de la Alhambra. Pocas veces hemos visto unas ruinas tan sobrecargadas de tupida vegetación. Se creería estar viendo los famosos jardines colgantes de Babilonia. De lo alto de estas murallas se domina la ciudad, por encima de la cual se eleva la masa imponente de la catedral, y un poco más lejos las montañas de Javalcuz y de la Pandera, tan próximas a Jaén que en determinadas horas pueden cubrirle por completo con sus sombras. Estas dos montañas son para los habitantes de Jaén y de parte de la provincia un infalible termómetro.” Y no era para menos, pues aún hoy día se sigue diciendo el refrán “Cuando Jabalcuz tiene capuz y la Pandera montera lloverá, aunque Dios no quiera”. En el siglo XIX Jaén no sólo hereda un urbanismo tradicional, cuya red escasamente había sido modificada en siglos anteriores, sino también un entorno natural que tiende a integrarse en la ciudad. Este entorno sufrió importantes modificaciones durante la Edad Moderna por un proceso roturador y deforestador, y como consecuencia un paisaje que no escapó a la atenta mirada de los viajeros extranjeros, como el Marqués de Custine, que con una visión negativa de este paisaje lo describía así: “Los campos amarillos, las montañas rojas, el cielo pálido, todo se ponía de acuerdo para llenarnos de tristeza; si de tarde en tarde los últimos segadores no hubieran formado, en los campos casi totalmente desnudos, grupos pintorescos y animados, habríamos podido creernos en el desierto del Sahara.” En el siglo XIX, toda esta visión urbana y rural de Jaén comienza a transformarse. El ascenso del liberalismo al poder tiene su repercusión en el ámbito municipal en actuaciones que tienden a “modernizar” la red urbana, reflejo del cambio ideológico, con la burguesía por protagonista, y como víctima a los restos del pasado. Ejemplos de ello son las alineaciones y rasantes en el casco antiguo, o el derribo de recintos amurallados. Las secuelas fueron la destrucción de gran parte del tesoro histórico-artístico de la ciudad. Ya a comienzos de siglo, la Guerra de la Independencia produjo la expoliación de conventos y obras de arte. La desamortización de Mendizábal a partir de 1835 continuó el proceso, que se continuará en años sucesivos. La nueva mentalidad burguesa actuó sobre la ciudad de Jaén con objeto de adaptarla a los cambios de los tiempos, pero no supuso una transformación radical de la anterior estructura urbana. En ello influyen las crecientes necesidades de adaptar la red urbana a las necesidades de tránsito, higiene, seguridad y ornato públicos. Las alineaciones se convierten en una técnica generalizada, sometidas a un plan previamente definido. Las leyes 14-julio-1840 y 8-enero-1845 hacen especial encargo a los ayuntamientos sobre esta materia. Por ello, durante el reinado isabelino, los ayuntamientos intentan recoger en planos topográficos el trazado urbano de sus poblaciones, aunque en la ciudad de Jaén sólo se quede en el intento, pues no se realizó el primer plano urbano hasta finales del siglo XIX. El cambio ideológico también tiene su repercusión en la arquitectura doméstica de la ciudad, sobre la base de la generalización de una fachada en la que se disponen los vanos ordenados, que estará presente hasta que el funcionalismo del siglo XX introduzca la idea de una fachada consecuencia de la distribución interior de la vivienda. La Comisión Municipal de Ornato era la encargada de la regulación de estos detalles, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XIX, cuando la normativa obligaba a los maestros de obras a presentar los proyectos con planos para ser aprobados. El estilo arquitectónico oscilará entre el clasicismo romántico y el no ornamental, este último mayoritario, que buscaban la ampliación de la superficie habitable, por lo que surgen casas de pisos destinadas al arrendamiento. El decorativismo de las fachadas aumenta conforme se acerca el siglo XX, y se expresa en forma de cierres de hierro y estucos. |